domingo, 8 de marzo de 2015

Soy mujer...

¡Feliz día, mujeres grandes y pequeñitas! 

Para cada una de ustedes van este poema y este dibujito de mi corazón...

Soy Mujer...

En mí se anida la vida,
Y late el poder de mecer
En el agua de mi vientre
Al sol y al amanecer…

Mis brazos son ramas secas
Que empiezan a florecer
Cuando cuido a los que amo
Y dono todo mi ser…

Soy mujer… ¿y quién podrá
Este misterio entender?
Si el misterio es un poema
Que solo se puede oler…

Autora: Sarah Mulligan
Ilus by Sarah Mulligan
Todos los derechos reservados



domingo, 15 de febrero de 2015

No se duerme mi bebé...

NO SE DUERME MI BEBÉ...

Hoy le canto a mi bebé
Bajo la luz de la luna...
y abre sus ojos muy grandes
Mientras mis brazos lo acunan.
¡No se duerme mi bebé
Porque el farol de este cielo
Se enciende en plena noche 
Y ve a las aves en vuelo!
Despierto está mi bebé
Porque le gusta admirar
Cómo juegan con la sombra,
los gatitos al pasear...

Autora: Sarah Mulligan
Ilus by Sarah Mulligan
Todos los derechos reservados

Para contactarse con la autora:
Facebook: Los Cuentos de Sarah Mulligan    

jueves, 5 de febrero de 2015

Coplita de las gotas

COPLITA DE LAS GOTAS

Una gotita de lluvia
Desde una nube bajó
Cayó sobre mis pestañas
Y de frente me miró.

Vio a una lágrima salir
De mi profunda emoción
Se acercó y dulce besó
A mi agua del corazón...

En mí vive un cielo hondo
Que llueve cuando hay amor
En los ojos conmovidos
De un humilde chaparrón...

Sarah Mulligan
(Todos los derechos reservados)
Ilus by: Rebecca Dautremer

Para contactarse con la autora:
Facebook: Los Cuentos de Sarah Mulligan

viernes, 16 de enero de 2015

Dulces detalles de amor

                                              
                                            Dulces detalles de amor

Hoy, subiendo la escalera
Un suave arrullo aleteó. 
Brotó como de una galera
Del vuelo de mi faldón.

Un par de alas de seda,
Travieso, se desprendió
Del rojo de mi vestido
y, suave, me acompañó.

Con cada esfuerzo que hago,
Cada detalle de amor,
Nacen alas en mi alma...
Escalón por escalón.

Autora: Sarah Mulligan
Todos los derechos Reservados
Ilus by Cathy Delanssay

Para contactarse con la autora:
Facebook: Los Cuentos de Sarah Mulligan

martes, 16 de diciembre de 2014

LA NIÑA DEL CISNE



                                                       La Niña del Cisne

                                                                                              Por Sarah Mulligan

Había una vez una bella niña con largos cabellos rojizos que se parecían a la melena de los cerezos en otoño. Desde muy pequeña se movía de aquí para allá en una silla de ruedas porque había nacido con espina bífida y no podía mover sus piernas, pero siempre que escuchaba los acordes de alguna música podía sentirla en todo su cuerpo y le daban muchas ganas de bailar. Entonces, se retiraba a su dormitorio, movía los brazos con la misma gracia de los cisnes al levantar vuelo, giraba la cintura, inclinaba su torso hacia adelante y hacia los costados y sonreía frente al gran espejo como una bailarina eximia lo hace frente a un inmenso público. La muchacha había convertido a su silla de ruedas en un maravilloso objeto giratorio y lo hacía danzar con encanto, como si fuese una extensión de sí misma. Sin saberlo, había creado un nuevo estilo de danza sobre ruedas, aunque nadie conocía su secreto.
La niña de los cabellos de cerezos se esforzaba por ser independiente y por vencer toda clase de temores que constantemente la acechaban, haciendo pequeños recorridos por la calle, mientras sus padres estaban trabajando.
Cierta tarde, la niña, que ya se estaba convirtiendo en una deliciosa muchacha, decidió llegar más lejos que de costumbre, hasta el gran lago del parque de la ciudad. Sólo lo había visitado una vez, y había quedado cautivada por los patos que se movían con destreza sobre el agua espejada y por las garzas con sus cuellos largos y estilizados que circulaban por sus orillas. 
Su anhelo pudo más que los temores que la asediaban cada vez que salía de su casa. Por eso, aquel día no le inquietó esperar media hora hasta que algún vecino de su edificio, que casualmente salía, la ayudara a bajar los cinco escalones que la separaban
de la vereda; ni los quince minutos que aguardó a mitad de cuadra porque unas baldosas en mal estado detenían su paso; ni el rechazo de dos transeúntes cuando pidió ayuda para cruzar la primer calle sin rampa; ni las tres que estaban obturadas por automóviles mal estacionados. Nada de lo que habitualmente la llenaba de tristeza pudo vencer su profundo deseo de pasar unas horas en el gran lago del parque.  Y, aunque intentó tomar un colectivo, no le fue posible porque el chofer le gritó que la rampa mecánica estaba rota y siguió su camino, casi sin frenar. De modo que, continuó, igualmente ilusionada, su trayecto.
Pasada más de una hora de peripecias, la niña llegó hasta una explanada para descubrir que eran sólo cuatro los escalones que la separaban de aquel maravilloso lugar. Vio entonces llegar a un joven apenas mayor que ella y le pidió ayuda. Vestía camisa blanca, pantalones negros y zapatos extraordinariamente bien lustrados, que a la niña le llamaron la atención. Con suavidad le pidió ayuda, pero el muchacho le respondió hoscamente que no tenía idea de cómo lidiar con ese aparato. El parque estaba desolado y empezaban a caer algunas gotas de un nubarrón inesperado. Ni un alma recorría el lugar, y la niña sabía que bien podría pasar toda la tarde varada allí, bajo la tormenta, sin que una sola persona viniera a socorrerla. Entonces, tomó coraje, volvió a llamar a aquel muchacho y le explicó la situación. Muy contrariado, el chico le dijo que estaba apurado, que no tardaría en llegar alguien y, sin decir más, se escabulló, mientras el cielo se desplomaba en un chaparrón.
Las lágrimas de la niña se confundieron con la lluvia. Completamente empapada, se dispuso a volver a su casa cuando un enorme cisne blanco pasó sobre su cabeza en un vuelo rasante. Por un momento, las grandes alas de aquella ave deslumbrante la ampararon de la lluvia y la pequeña quedó resguardada bajo su sombra. Casi llegó a tocar sus largas plumas de seda, que se unieron en un abrazo justo cuando rozó sus cabellos de cerezos.
Al calor de ese instante, la pequeña se vio nuevamente impulsada a llegar al lago. Miró el cielo, vio cruzar el leve resplandor de un rayo de sol y comprendió que debía permanecer allí porque en aquella espera, como en todas las esperas, algo sorprendente sucedería. Y sonrió con placidez, mientras el ave se perdía en aquella parte del lago que aún era inaccesible a su vista. Finalmente, el auxilio de un buen hombre que paseaba a su perro la rescató del obstáculo de aquellos cuatro escalones.
La niña de los cabellos de cerezos circuló con rapidez por una vereda que circundaba el espejo de agua, ansiando encontrar al blanco cisne. Por fin lo divisó en el otro extremo del lago. Una ráfaga de decepción la abrumó. No podría llegar hasta él, pues la senda asfaltada había terminado y corría el riesgo de que las ruedas quedaran enterradas en la tierra recién mojada. Pero al estacionarse la niña en la orilla, vio al cisne dirigirse con lentitud, en una línea recta y perfecta, hacia donde estaba ella. Al llegar frente a la niña, el cisne frenó en seco su viaje y comenzó a dar vueltas. Lo hacía con serenidad y gran belleza. Alzaba las alas, las desplegaba, mientras daba suaves vueltas sobre sí mismo. Inclinaba la cabeza hacia un lado y hacia el otro, y así, con movimientos rítmicos y delicados acompañó en silencio a la niña que lo contemplaba extasiada. Calladamente, durante un rato infinito se hicieron compañía. Cuando la muchacha miró el reloj, vio que ya era la hora de regresar a su casa. Entonces, el cisne hizo una encantadora inclinación de cabeza, batió graciosamente sus alas, pegó media vuelta y se marchó.
La niña de los cabellos de cerezos vestía una sonrisa luminosa y nueva que suavizaba su rostro. Pidió ayuda a todos cuantos se cruzó. Hubo quienes fueron asistiéndola para bajar los cuatro escalones, cruzar las calles de aquellas cuadras sin rampas, y sortear las veredas rotas, y las penosas peripecias que engendraban sus temores cotidianos se convirtieron, aquel día, en una inolvidable aventura.
Hasta que llegó a la cuadra de la rampa defectuosa, la que poseía un escaloncito que su silla no podía bajar. Entonces, se detuvo mansamente, y en aquella plácida espera contempló las casas y los negocios de aquel lugar que miraba por primera vez. Una nítida melodía de tango le hizo vibrar el cuerpo. Provenía de un salón vidriado que estaba a sus espaldas. Observó a unos jóvenes practicar pasos de baile. Vestían pantalón negro, camisa blanca y zapatos extraordinariamente bien lustrados. Movida por un inexplicable impulso, entró al salón y le preguntó, a quien parecía ser el profesor, si podía tomar clases de tango. El hombre largó una carcajada. La niña no se ofendió esta vez, sino que sonrió con sus facciones luminosas mientras que el profesor desplegaba su brazo hacia atrás, señalando hacia una puerta pintada de color anaranjado. Entonces, inclinó su cuerpo, en un ademán ceremonioso, y exclamó:
- ¡Bienvenida!
Y tres personas atravesaron aquella puerta vistosa. Eran tres muchachas que arribaron a la pista de baile andando en sillas de ruedas, al ritmo de “La Cumparsita”. Sus compañeros, que las esperaban en la pista, sujetaron sus brazos y comenzaron a hacer girar las ruedas, mientras los cuerpos y las miradas se fusionaban en una sintonía exquisita.
Entonces, el profesor llamó a un muchachito que vestía pantalón negro, camisa blanca y zapatos extraordinariamente bien lustrados. Tomó la mano de la niña de los cabellos de cerezos y se la entregó al pequeño caballero.
Para ambos era la primera clase en aquel salón. Sin embargo, no era la primera vez que se veían aquella tarde. La niña de los cabellos como cerezos pudo descubrir en aquella mirada esquiva el mismo miedo y la misma lástima que solía encontrar en los ojos de los desconocidos. Pero al dar el primer giro sobre sus ruedas, sintió el calor de aquellas alas de cisne acariciándola en pleno vuelo, la misma certeza de cobijo bajo la lluvia, mientras la música se encendía en su cuerpo, y, cerrando los ojos, se dejó llevar por la pasión que hasta ahora había escondido en el secreto de su dormitorio.
El ritmo de aquel baile llenó a la muchacha de una serena confianza en su propio cuerpo. El joven la despegó de la silla y la levantó en el aire. Y los cabellos de cerezos otoñales flotaron, y sus brazos se extendieron delicadamente, como acariciados por una suave e inexplicable brisa. Y, por fin, se encontraron sus ojos, y esta vez la niña se llenó de ternura, y latió al compás del corazón de aquel bailarín asustado. Una compasión distinta la invadió, que no se nutría de condolencia sino de la comprensión profunda de aquella parálisis que aquejaba a su compañero y le impedía dar pasos en el amor.
Y esa compasión se convirtió en abrazo. Y el pequeño de los zapatos extraordinariamente bien lustrados esbozó una sonrisa, y su sonrisa se volvió luminosa y la llevó aún más alto y giró aún más fuerte, y rieron. Y la niña de los cabellos como los cerezos en otoño comprendió que aquella tarde, en pleno vuelo de cisne, había ayudado a caminar a un discapacitado.

                                                                    FIN

 Facebook: Los Cuentos de Sarah Mulligan
E mail: loscuentosdesarahmulligan@gmail.com

 Autora: Sarah Mulligan (Todos los derechos reservados)
 Ilus: Sarah Mulligan (Todos los derechos reservados)

miércoles, 10 de diciembre de 2014

La niña del carretel rosado



        Por Sarah Mulligan                                                                 
(Dedicado a los inmigrantes asturianos:    
                      Maura Segovia y Eladio Eguren)

Había una vez una niña de cabellos cobrizos que cada tarde se refugiaba en la casona de su abuela para escuchar las bellas historias que salían de sus labios: Maura, una joven asturiana de 16 años que enjugaba lágrimas en los peldaños de una carreta por un amor del que fue arrancada en España; un carruaje lleno de cosas para vender que circulaba de pueblo en pueblo; un paraje hecho de fieles que alzaron sus casas en torno a una estatuilla de la Virgen hecha por los indios de la que colgaba un rosario; y un Almacén de Ramos Generales erigido por sus padres con los ajuares traídos en aquella carreta.

La abuela sostenía entre sus dedos un carretel de madera con hilo de seda rosado y desteñido que un día su propia abuela Maura había rescatado del Almacén de Ramos Generales de la familia. Y con voz quebrada le entregaba el carretel a la niña de los cabellos cobrizos, y deshilaba su emoción relatando el amor entre su abuela y un joven médico al que no hizo más que esperar.

Tres años de trabajos intensos para pagar el boleto del barco que traería a Eladio a estas tierras de promisión. Y cuando al fin lo vio, ella no tuvo otra idea que decirle: -Vaya que ha hecho un viaje largo, mi querido, para verme. Y él no tuvo mejor idea que responderle: - ¿Y quién le ha dicho que ha sido para verla a usted, mi querida? Como si la rudeza de palabras fuese un velo para menguar la pasión que los llevó a casarse tres meses después en la Catedral de Rosario y a engendrar diez hijos bajo el ritual de nombrarlos con la inicial “E”, al igual que el apellido: Etelvino, Eloísa, Elena, Eladio, Eduardo, Ernesto, Emilio, Enrique, Eloy y Ezequiel. “Jamás habría soñado el esmerado médico que un día sería concejal de aquel paraje surcado por un río marrón, allí donde un prócer había creado la bandera nacional”, subrayaba con teatrales pausas la abuela.

A la niña de cabellos cobrizos le agradaba tirar el hilo del carretel rosado traído de Asturias, mientras escuchaba el cuento. Su fascinación era tal que cuando el relato llegaba a su clímax, el carretel caía estrepitosamente de sus manos justo en el instante en que su tatarabuelo Eladio moría de un ataque al corazón aquel funesto día en que lo quisieron sobornar, mientras le gritaba indignado a su mujer: “¡A mí, a  mí, coimearme a mí!”.  

-Laborioso y honorable, era mi abuelo, el doctor– seguía contando la abuela con igual entonación cada tarde. Sus amigos cargaron con el ataúd a pulso por dos cuadras. Y dicen que habrían continuado paseando, cajón en mano, por las calles de Rosario, porque no querían desprenderse de él… ¡Tanto lo querían!
Y la niña de los cabellos cobrizos, enjugaba sus lágrimas como aquella joven antepasada que llevaba en sus genes, y, al terminar la historia, se lanzaba a buscar el carretel. 

Pero aquella tarde el carretel rosado no apareció. Ambas lo buscaron por los rincones del salón, pero fue inútil. Apenada, la niña cruzó la puerta de calle, que estaba inesperadamente abierta y se dispuso a partir hacia su casa, cuando un joven se apeó delante de ella y, con marcado acento español, le preguntó: ¿Es tuyo este carretel rosado, mi querida? Parece muy antiguo.

Y la niña de cabellos cobrizos, en cuyo rostro asomaba una encantadora muchacha, tomó la punta del hilo y comenzó a deshilar su historia, mientras el joven fascinado, la escuchaba.


Sarah Mulligan (Todos los derechos reservados)

Si querés contactarte con Sarah Mulligan seguila en Facebook: Los Cuentos de Sarah Mulligan, o escribí a: loscuentosdesarahmulligan@gmail.com
Ilustración by Clara Martínez

      Facebook: Cosas de Clara

miércoles, 19 de noviembre de 2014

MAMITA ME CONTÓ UN CUENTO...



  Por Sarah Mulligan

Mamita me contó un cuento
Que voló a mi corazón
Como un lindo pajarito
Que hizo nido  y se quedó.

La voz de mamá es un canto
De jilguero en mi interior
Creceré y seré una anciana
Y aun sonará esa canción.

Aquel abrazo de madre,
Los momentos de su amor,
Siguen narrando mi vida
Como el cuento que contó...

(Autora: Sarah Mulligan. Todos los derechos reservados)
Seguime en Facebook: Los Cuentos de Sarah Mulligan
O escribime: loscuentosdesarahmulligan@gmail.com
Ilustración by: Sarah Mulligan
                                                       

viernes, 14 de noviembre de 2014

MIENTRAS ESCRIBO...


                                                          MIENTRAS ESCRIBO UN CUENTO...

...Suceden pequeñas maravillas, amiguitos míos ... Aunque mínimas, son tan fascinantes, que se convierten en un cuento paralelo…
¿Les cuento…?
Antes de ayer venía caminando y me imaginaba el nuevo cuento que escribiría al llegar a casa: "El Elefante Cantante"… cuando vi en la vereda una etiqueta de colores que me llamó la atención… La levanté y quise sacarle un papelito que tenía pegado cuando me di cuenta que éste decía: "Elefante con sonido"… Ayyy… cuánta emoción me recorrió el cuerpo y el corazón…

Esta mañana, muy tempranito, me aboqué a retocar el cuento y escribí esta frase nueva: "El elefante tenía patas gigantes y, a cada paso que daba, el suelo temblaba de modo alarmante. ¡Hasta el león, que era el rey de la selva, echaba a correr porque venía el atacante!"
No pasaron más que unos pocos segundos cuando entro en el face y uno de mis amigos había colgado este video:
Unos leones corriendo porque se les venía encima el elefante … Ayy ...de nuevo, me estremecí…
Como brillantes gotas de rocío, estas maravillas van cayendo en mi corazón mientras escribo … y me hacen sentir que sí… que es por aquí… que este “Mulligan” de mi vida –como se le llama en el golf al “segundo golpe”, a la segunda posibilidad- es el camino por el que seguir dando pasos…
¡Qué lindo es volver a la infancia y descubrir estos tesoros chiquitos, dulces sorpresas que iluminan nuestro caminar, nuestro vivir…!
Les dejo un suave abrazo del corazón,
Sarah Mulligan

Ilus by Sarah Mulligan

domingo, 2 de noviembre de 2014

JARDÍN DE AMOR


                                                       por Sarah Mulligan


Tengo un corazón muy grande
Para todos hay lugar
Hay abrazos de colores
Y ternura para dar.

Si me hieren, no es problema,
Mi abu me enseña a coser
Un lindo parche de flores
Para que bien pueda oler.

El perdón tiene el aroma
De la rosa y del jazmín…
Hoy nacieron mil pimpollos
¡Y mi alma es un jardín!


Autora: Sarah Mulligan (todos los derechos reservados)
Seguinos por Facebook: Los Cuentos de Sarah Mulligan 
Ilustración by: Carla Nazareth



lunes, 27 de octubre de 2014

TEJIÉNDOME MARIPOSA


                                                 


                                                                         Por Sarah Mulligan 

Muy sonriente y calladita
Sentada en el junco largo
Hago ovillos de mi seda,
Mientras salgo del letargo.

Zurzo con hilos de adentro   
un terciopelo de rosas,
tejo el vuelo de mis alas


y despierto … ¡mariposa!

Autora: Sarah Mulligan
Ilus by Sarah Mulligan
(Todos los derechos reservados)

sábado, 25 de octubre de 2014

"SURCOS"



Fui invitada a la cena de anoche en el Metropolitano, en beneficio del Jardín de Infantes "Surcos" y dije ¡Presente! ... Una experiencia... ¡MA RA VI LLO SA...!

"Surcos" es un impresionante Proyecto Solidario que promueve la educación integral de niños en su primera infancia y la inclusión social de las familias del Barrio Cabin 9, entre Rosario y Pérez. 

Son casi 1500 familias socialmente vulnerables con una infraestructura educativa deficiente que necesitan, de cada uno de nosotros, un poquito.

Y un gran grupo de personas generosas ofrecen sus donativos... otras tantas se acercan al proyecto como voluntarios y participan activamente en la educación de los niños y en la formación de los padres… 

SENTÍ QUE EL DON DE DAR ES ... DESTAPAR EL FRASQUITO DEL AMOR PARA ABRIR "SURCOS" ... Y MAÑANA QUIZÁS SERÁN CAMINOS DENTRO DE ESOS PEQUEÑOS CORAZONES...


¡Gracias a los directivos de Surcos Jardín de Infantes por la especial invitación y la presentación de Los Cuentos De Sarah Mulligan en tan maravilloso encuentro!

Sarah Mulligan

domingo, 19 de octubre de 2014


  Por Sarah Mulligan


    Soy un tallo largo y flaco,
  y me elevo con fortaleza.
Aunque el viento sople fuerte
Sigo en alto con firmeza.

Tengo una flor por corona
que es un poco dormilona…
A cada rato bosteza
con mucha delicadeza.

A veces duerme, la floja,
y deja caer la cabeza.
Bato palmas con mis hojas:
-“¡Despabílese, Su Alteza!”

Despierta, la remolona,
vuelve a darnos su fragancia.
Ella intenta no dormirse…
¡Y yo cuido su elegancia!

Colorín ... ¡Colorado!


Autora: Sarah Mulligan (todos los derechos reservados)
Facebook: Los Cuentos de Sarah Mulligan