sábado, 27 de septiembre de 2014

El Árbol de los Frutos que Nadie Veía


                                                                   Por Sarah Mulligan

Había una vez un árbol con frutos que nadie veía. Solo la niña de la esquina podía contemplar unos redondos y vivaces frutos rojos que resplandecían en sus ramas.

Para que el árbol no dejara de dar frutos cada mañana llegaba hasta la plaza con una pequeña regadera y rociaba las raíces. ¡Qué paciencia! decían unos al ver la alegría de la muchacha al regar el árbol cada mañana. ¡Qué trabajo inútil!, decían otros al ver las ramas secas que se quebraban con la más leve brisa. Y la niña sonreía. Las pocas gotas que le echaba no parecían saciar la sed de las raíces. Pero la niña acudió los trescientos sesenta y cinco días del año sin faltar ninguno.

Al llegar la primavera, la plaza se llenó de flores pero del árbol no brotó sino un pequeño fruto morado que se parecía a un corazón. La brisa lo hacía mecer y la niña rió pues parecía que latía. “¡Está loca! Se ríe sola”, decían unos. “¡Está seco! Un solo fruto es igual a nada, siendo que llegó la primavera”, decían otros.

Los pájaros escucharon la risa cristalina de la niña y se juntaron en las ramas secas del árbol a mirarla, extrañados. Y vieron al fruto mecerse con la brisa y el brillo del sol inflamó sus formas y vieron que se parecía a un corazón latiendo. Entonces, los pájaros trajeron a sus polluelos y con las ramas secas hicieron allí sus nidos. Y el árbol sintió el calor de aquellas aves bellas y se estremeció con su canto y se llenó de vida. Y una lluvia bañó su tronco, y la tierra se abrió y su raíz bebió las aguas que el cielo irrigó. Y al día siguiente, la niña que veía al árbol cargado de frutos rojos redondos y vibrantes que nadie veía, tomó entre sus manos un segundo fruto, más pequeño que el primero, del tamaño de una frutilla y se parecía a un corazón. Y su risa cristalina se escuchó entre los cielos y llegaron pájaros de todos los colores desde distintos rincones del mundo y el árbol se estremeció de vida.

La niña siguió yendo con su pequeña regadera, y cada día tomó una fruta roja naciente y sintió entre sus manos un nuevo latido de vida. Y ya no se oyeron las voces del desaliento.

Y los unos y los otros comenzaron a ver los frutos de cada día de su paciencia, mientras la niña sonreía. 

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